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Edgar MORIN: La mente bien ordenada

La condición humana (II)

Una aproximación a la «condición humana» desde la perspectiva de las ciencias humanas

  • Contribución de las ciencias humanas a la comprensión de la «condición humana»
  • El humanismo no es un exceso de humanidad, sino un intento de combatir su reducción (física, moral, espiritual...)
  • El florecimiento humano requiere el florecimiento de las disciplinas de humanidades.

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En un mundo tan ajetreado y acelerado como el nuestro, espoleado por el mito de un progreso ilimitado, dominado por el paradigma tecno-científico y el peligro de una globalización desbocada e irracional que nos aboca a un crecimiento no sostenible y con el peligro de una creciente deshumanización, necesitamos más que nunca reivindicar con ahínco el humanismo y su cultivo a través de las humanidades. El humanismo no es un exceso de humanidad, sino un intento de combatir su reducción (física, moral, espiritual...) La necesidad de enseñar las disciplinas científicas en un mundo cada vez más técnico es ciertamente imperativa. Pero eso no impide formarse también en humanidades. En un mundo como el nuestro las humanidades son la distancia necesaria para poder mirar la realidad con una cierta perspectiva.

Las humanidades son un conjunto de saberes que intentan aproximarse a la comprensión de la condición humana. Un conjunto de materias unidas por un denominador común: el estudio y la comprensión del mundo humano. Un conjunto de disciplinas relacionadas con el estudio de las condiciones de existencia en las que se desenvuelve nuestra especie y la cultura humana. Entre las disciplinas o campos de estudio que pueden considerarse como parte de las humanidades están la filosofía, la filología, la historia, la geografía, el derecho, la economía, la ciencia política, la antropología, la sociología, los estudios de las artes, las ciencias de la información y la comunicación, etc. Las humanidades están también vinculadas a los denominados estudios clásicos: el arte y la cultura fundamentada en la Antigüedad grecorromana. El auge de lo humano requiere del cultivo y florecimiento de las humanidades. No es en absoluto cierto que solo las matemáticas y la formación científica sean útiles en el mundo de hoy o en el del futuro.

En medio de la vorágine de tecno-cientifismo que nos asedia, las humanidades quizás puedan parecer algo inútil puesto que aparentemente no aportan nada tangible, pero resultan imprescindibles si individualmente o como especie deseamos dar sentido a nuestra existencia y queremos orientarnos hacia un progreso superador de connotaciones exclusivamente materialistas y que favorezca una vida más plena. No es posible enfrentar el presente, ni dimensionar el futuro, si no se conoce el pasado. La historia, la filosofía, la literatura, entre otras disciplinas, no tienen una utilidad inmediata, pero sí ayudan a quien las atesora a tomar mejores decisiones, a vivir con sentido y una mayor amplitud de miras y, ciertamente, a ser más feliz. Un mundo sin humanidades es un mundo menos humano, menos habitable y sin duda menos feliz

Necesitamos sobrevivir como especie y avanzar y progresar en el proceso de humanización. Para ello se requiere una educación bien fundada en las humanidades que nos permita realizar el potencial de las sociedades que luchan por la justicia. Las humanidades nos proporcionan no solo conocimientos sobre nosotros mismos y sobre los demás, sino que nos hacen reflexionar sobre la vulnerabilidad humana y la aspiración de todo individuo a la justicia, y nos evitan sumergirnos pasivamente en un paradigma técnico, no relacionado con la persona, para definir cuáles son los objetivos de una determinada sociedad. El florecimiento humano requiere el florecimiento de las disciplinas de humanidades. Por tanto, queda claro que las humanidades constituyen una parte importante del pensamiento social para el futuro.

B) La aportación de las ciencias humanas

Paradójicamente, en la actualidad son las ciencias humanas las que aportan la contribución más débil al estudio de la condición humana, y precisamente porque están separadas, divididas y compartimentadas. Esta situación oculta totalmente la relación individuo/espe­cie/sociedad, y oculta al mismo ser humano. Igual que el fraccionamiento de las ciencias biológicas aniquila la noción de vida, el fraccionamiento de las ciencias humanas aniquila la noción de hombre.

Haría falta más bien considerar una ciencia antro-po-social reestructurada que considerara a la humanidad en su unidad antropológica y sus diversidades individuales y culturales.

Esperando esta reestructuración deseable, pero todavía fuera de alcance, de las ciencias humanas, sería importante que la enseñanza de cada una de ellas estuviera conectada a su parte de elucidación de la condición humana. Así, la psicología tomaría por orientación el destino individual y subjetivo del ser humano, debería mostrarnos que Homo sapiens es también indisolublemente Homo demens, que Homo faber es al mismo tiempo Homo ludens, que Homo economicus es al mismo tiempo Homo mythologicus, que Homo prosaicus es también Homo poéticas. La sociología tomaría por orientación nuestro destino social, la economía nuestro destino económico; una enseñanza sobre los mitos y las religiones se orientaría sobre el destino mítico-religioso del ser humano.

En lo que concierne a la contribución de la historia al conocimiento de la condición humana, ésta debe introducir en el destino de la humanidad. Se extraerían así todas las consecuencias de la toma de conciencia de que la historia no obedece a procesos deterministas, no está sometida a una lógica técnica-económica ineluctable, o guiada hacia un progreso necesario. La historia está sujeta a accidentes, perturbaciones, y a veces terribles destrucciones en masa de poblaciones o civilizaciones. No existen «leyes» de la historia, sino una dialógica caótica, aleatoria e incierta, entre determinaciones y fuerzas de desorden y un juego a menudo rotatorio entre lo económico, lo sociológico, lo técnico, lo mitológico, lo imaginario. Ya no existe progreso prometido; en cambio, pueden acaecer progresos, pero deben ser regenerados sin cesar. Ningún progreso se adquiere para siempre.

La historia, aunque haya estado un tiempo desprovista de la noción de acontecimiento, de azar y de «grandes hombres», se ha enriquecido en profundidad. Pasa a ser multidimensional, integrando en ella el sustrato económico y técnico, la vida cotidiana, las creencias y ritos, las actitudes ante la vida y la muerte. De este modo, todas las disciplinas, tanto de las ciencias naturales como de las ciencias humanas, pueden ser movilizadas en el día de hoy para converger sobre la condición humana.

C) La aportación de la cultura de las humanidades

La aportación de la cultura de las humanidades sigue siendo capital para el estudio de la condición humana.

En primer término, el estudio del lenguaje. Este, en su forma más acabada, que es la forma literaria y poética, nos introduce directamente en la característica más original de la condición humana pues, “son las palabras, con su poder de anticipación, las que nos distinguen de la condición animal”.

En cuanto a la literatura propiamente dicha, “nos ocupamos de la literatura como autorreflexión del hombre en su universalidad, poniéndola al servicio de la lengua que la vehicula”. La larga tradición de los ensayos, propia de nuestra cultura, desde Erasmo, Maquiavelo, Montaigne, pasando por La Bruyére, La Rochefoucauld, Diderot y yendo a Camus y Bataille, constituye una importante cantidad de aportes reflexivos sobre la condición humana. Pero también la novela y el cine nos ofrecen lo que las ciencias humanas no pueden ver, porque ocultan o disuelven las características existenciales, subjetivas, afectivas del ser humano, que vive sus pasiones, amores, odios, compromisos, delirios, felicidades, infelicidades, suerte, mala suerte, engaños, traiciones, azar, destino, fatalidad...

La novela y las películas nos permiten ver las relaciones del ser humano con el otro, con la sociedad, con el mundo. El milagro de una gran novela como de una gran película consiste en revelar la universalidad de la condición humana sumergiéndose en la singularidad de los destinos individuales localizados en el tiempo y en el espacio. Así, la crónica de un hombre mundano en el pequeño perímetro del barrio de Saint-Germain se vuelve, en En busca del tiempo perdido, un microcosmos de las profundidades de la condición humana.

La novela es más que una novela. Sabemos que la novela, a partir del siglo XIX, se llenó de toda la complejidad de la vida de los individuos, inclusive la vida más banal. Nos deja ver que el ser más nimio tiene varias vidas, cumple varios papeles, vive una existencia en parte de fantasmas, en parte de actos. La complejidad de las relaciones del sujeto con los demás, las inestabilidades del “yo”, fueron mostradas con fuerza por Dostoievsky. La literatura nos muestra que todo individuo, incluso el que está más encerrado en la más banal de las vidas, constituye en sí mismo un cosmos. Lleva en su seno sus multiplicidades internas, sus personalidades virtuales, una infinidad de personajes quiméricos, una existencia plural en lo real y en lo imaginario, el sueño y la vigilia, la obediencia y la transgresión, lo ostensible y lo secreto, hormigueos larvarios en sus cavernas y abismos insondables. Cada uno contiene en sí mismo galaxias de sueños y fantasías, impulsos insatisfechos de deseos y de amores, abismos de infelicidad, inmensidades de helada indiferencia, abrazos de astros ígneos, marejadas de odio, pérdidas débiles, momentos de lucidez, tormentas dementes...

La poesía, que forma parte de la literatura y nos introduce en la dimensión poética de la existencia humana. Nos revela que quienes habitamos la Tierra vivimos no sólo prosaicamente -sometidos a la utilidad y a la funcionalidad- sino también poéticamente, llamados al asombro, al amor, al éxtasis. Nos comunica, por medio del poder del lenguaje, con el misterio, que está más allá de lo decible. Las artes nos introducen en la dimensión estética de la existencia y nos enseñan a ver mejor el mundo desde un punto de vista estético.

Finalmente, se trata de mostrar que en toda gran obra, de literatura, de cine, de poesía, de música, de pintura, de escultura, existe un pensamiento profundo sobre la condición humana.

Agreguemos que todo profesor de literatura, poesía, música -especialmente-, debería tomar conciencia de que desde el siglo XIX se produce una desunión cultural en la historia europea. Mientras el mundo masculino adulto de las clases burguesas se consagra a la eficacia, al dominio, a la técnica, al beneficio, y el proletariado está en una situación servil a causa del trabajo, una parte del mundo adolescente y femenino se hace cargo de la sensibilidad, el amor, la pena y expresa, como en ninguna otra civilización o período de la historia, las aspiraciones y tormentos del alma humana: esto es lo que anuncian Shelley, Keats, Novalis, Holderlin, Nerval, Rimbaud. Mientras el poder de Occidente despliega sus velas sobre el mundo, cantando victoria en todas las batallas, estos poetas cantan el sufrimiento de los humanos que soportan la crueldad del mundo y de la vida.

Finalmente, la filosofía, si vuelve a renovar su vocación reflexiva sobre todos los aspectos del saber y de los conocimientos, podría, debería hacer converger la pluralidad de sus enfoques sobre la condición humana.

Por lo tanto, a pesar de la ausencia de una ciencia del hombre que coordine y una las ciencias del hombre, la enseñanza puede intentar eficazmente hacer que converjan las ciencias naturales, las ciencias humanas, la cultura de las humanidades y la filosofía en el estudio de la condición humana.

A partir de ese momento podría desembocar en una toma de conciencia de la comunidad de destino propia de nuestra era planetaria en la que todos los humanos están confrontados con los mismos problemas vitales y mortales.

Fuente: Edgar MORIN: La mente bien ordenada. (resumen Cap. 3)

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