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EN BUSCA DE LA «VERDAD»

Amigo lector, a más de uno le podrá parecer extraño tratar ahora de cuestiones tan etéreas como las planteadas en el encabezado de este artículo, con la que está cayendo a consecuencia de la agudización entre nosotros de la crisis económica. A más de uno le puede resultar alejado de la realidad adentrarse en semejantes asuntos. Pan y trabajo es lo que ahora necesitamos – puede pensarse–.

La realidad en sus diversas manifestaciones no siempre es vista, interpretada y presentada de manera honesta y de la forma más objetiva posible sino que, a veces de forma interesada, se la presenta camuflada, enmascarada, encubierta, convirtiéndola al final en una “falacia”, en una ficción. Eso parece suceder con diversos aspectos de la realidad política, económica, ideológica, axiológica, antropológica española y acontece también en la confrontación de las distintas cosmovisiones en liza en el mundo occidental. En realidad eso es lo que ha ocurrido históricamente con algunas religiones y continúa ocurriendo con la «nueva religión» que profesa el progresismo actualmente en el poder: se quiere imponer al conjunto de la ciudadanía una cosmovisión, una concepción determinada del hombre y de la vida.  Eso sucede, por ejemplo, con cuestiones como la ideología de género o  la práctica del aborto no por más legalizada menos inhumana. Y por ese camino se puede llegar a imponer al conjunto de  la opinión pública conclusiones falsas sobre realidades verdaderas, pensando que al final una mentira de tanto repetirse se la aceptará acríticamente como verdadera, sin mostrar su evidencia, ni demostrar su justificación lógica.

Nos encontramos, desde hace ya décadas, ante el intento de una nueva y gran revolución cultural. He aquí pues de forma simple la cuestión central que en el fondo se debate hoy entre nosotros: la cuestión de la Verdad, la auténtica “verdad del ser humano”. ¿Existe una «verdad» objetiva o todo es relativo? ¿Es posible el desvelamiento de la «verdad» en esa realidad camuflada, enmascarada, ofuscada? ¿Es viable la búsqueda de la «verdad» del ser humano? ¿Existe una «ley natural»? ¿Es posible una ética universal común compartida?

Bien puede aplicarse todo ello al trasfondo de la realidad española a la que nos ha abocado esa izquierda que tan falsamente entiende el "progreso" con su proyecto de ingeniería y transformación social. El Gobierno quiere imponer una antropología y un modelo educativo estatalistas en el cual la “liberación sexual” y la “ideología de géneros” son el buque insignia de los supuestos progresistas españoles, que han renunciado a las reivindicaciones sociales y a la vanguardia cultural. Una aproximación más minuciosa al panorama sociológico español nos puede ayudar a desvelar pues la pertinencia y actualidad de semejante planteamiento.  Veámoslo un poco.

 

Crisis global: la diversidad de sus rostros  

La crisis actual se presenta bajo diversas manifestaciones, presenta diversos rostros. Nos hallamos sumidos en una profunda «crisis» de dimensiones múltiples, especulativa, financiera, económica, ecológica, sociológica, axiológica, antropológica,… con expresión en diversos planos de la realidad actual:  devastadores impactos socioeconómicos del modelo hegemónico productivista, la miseria material en que se hallan muchos de nuestros conciudadanos, el hedonismo y la creciente deshumanización de nuestra vida colectiva, la manipulación a la que estamos sometidos los ciudadanos mediante el uso “interesado” por parte de grupos de presión de los medios de comunicación de masas, el sutil autoritarismo ejercido desde el poder, la manipulación y el enmascaramiento de la realidad a través de la manipulación del lenguaje, una concepción de la democracia reducida a su expresión más primaria, la representativa, una clase política movida más por el tacticismo y los intereses partidistas que por el servicio al bien común, un corpúsculo de dirigentes políticos que nos gobiernan inexpertos en tales lides, alineados y sumergidos en las tesis más radicales del nihilismo, el relativismo ideológico, el feminismo radical, el ocultamiento y enmascaramiento de la cruda realidad, el dopaje moral de una parte importante de la ciudadanía… La nuestra no es una crisis sectorial, se trata de una crisis global, sistémica, que afecta a diversidad de aspectos de nuestro sistema de sociedad. Y es que, por su magnitud y multiplicidad, puede ser considerada como una crisis civilizatoria. Se ha afirmado que estamos en un verdadero cambio de «paradigma cultural», de cambio civilizatorio.

Ante cambios tan profundos en el sistema productivo, modelo cultural, realidad sociológica, en las relaciones personales, en la mentalidad colectiva,.. el «sistema educativo» no puede permanecer impasible, no puede convertirse en simple reproductor del actual status quo; al contrario, fiel a sus funciones primordiales debe hacer hincapié más que nunca en su función crítica y enfatizar y acentuar su función concientizadora y liberadora. Una auténtica educación de los ciudadanos puede ser el antídoto adecuado que nos ayude a desenmascarar y «desvelar» las falacias en las que pretenden sumirnos y  facilite el alumbramiento de una nueva sociedad, más sólidamente fundamentada, más igualitaria, más crítica y más libre.

Claves para la comprensión de la situación actual

Estamos atravesando tiempos difíciles. Los últimos han sido meses en los que se ha aireado mucho los rigores de la crisis. Muchos de nuestros conciudadanos desbordados por las necesidades más perentorias, están llegando a una situación límite... pero no menos tormentoso y preocupante es el panorama sociológico español, en el ámbito de los valores, en el terreno de la moral de la “tropa”.

Estamos necesitamos de pan, de trabajo sí, pero también de autoestima, de regeneración moral, de esperanza, de horizontes próximos atrayentes, ilusionantes, necesitados de regeneración ética… En medio de la situación general reinante, necesitamos comprender qué nos está pasando.  Nos hallamos en medio de una situación de tergiversación de la realidad, de desorientación, de perplejidad, de desaliento, bajos de moral. Urge explicitar, hacer aflorar a la superficie, las circunstancias y contradicciones que colectivamente nos han abocada a la actual situación, para que aprendida la lección no volvamos a tropezar de nuevo en la misma piedra… Una de las claves para entender la situación actual está en tomar conciencia de la operación de «enmascaramiento» con el que nos están presentando la realidad, la realidad circundante y la realidad personal, obviando incluso la «verdad» que en sí encierra esa misma realidad.  Conocer la realidad existente y las alternativas para mejorarla ayuda a transformar la realidad, y cada mejora suya ayuda a clarificar el pensamiento. Que desaparezca la irracionalidad de la vida social (una irracionalidad que necesariamente acarrea la confusión de la mente). Necesitamos de orientación, de solidez en los fundamentos, de ilusión, de esperanza, de argumentos serios en los planteamientos…

La «humanización» o la «deshumanización» de las personas en el seno de una sociedad dependen en gran medida de la calidad o degradación de las «transmisiones civilizatorias» que reciban a lo largo de su vida. Nuestra verdadera calidad de vida, individual y colectiva, no depende exclusivamente del legado «material» que nos transmitan nuestros antepasados sino, en gran medida, del legado «moral» y «espiritual» que cada generación haya sido capaz de atesorar y transmitir a sus descendientes. Junto al legado material que nos han transmitido nuestros antepasados, se encuentra también el patrimonio «cultural», «espiritual» y «moral» que han sido capaces de acumular y transmitirnos las generaciones que nos han precedido. El legado heredado es un patrimonio no solo «material» sino «cultural» y «civilizatorio» y en él está incluido nuestro patrimonio «moral». Sin embargo éste hoy está puesto en entredicho, está también en crisis. Es más, su desestabilización y quiebra alentados desde el poder se halla en el trasfondo mismo de la crisis.

Hoy entre nosotros no solamente se está pervirtiendo y enmascarando la realidad política y económica, secuestrando una auténtica participación democrática de la ciudadanía y sometiéndola a los intereses de una casta partitocrática que la controla sino que desde el poder, obviando la que debería constituir natural neutralidad del Estado y adoptando posiciones sectarias, se está incluso en una operación de verdadera transformación ideológica, de perversión de la mentalidad colectiva, de ingeniería social, en una maniobra de maquillaje y enmascaramiento de la misma realidad antropológica,  presentando la realidad del ser humano de una manera parcial y sesgada, intentando subvertir la misma realidad moral de las acciones humanas. Una somera revisión de lo que actualmente nos acontece nos advierte de la debilidad y fragilidad, de la falta de consistencia e incongruencia de algunos de los planteamientos que se hacen sobre los fundamentos que nos sostienen y que impregnan el espíritu y la letra de algunas de las leyes estrellas  que constituyen el proyecto ideológico del progresismo español, de las falacias antropológicas en que se sustentan pues en ellas se obvia la «verdad» del ser humano, de la debilidad de los cimientos sobre los que nuestro tiempo pretende construir el futuro… y eso no solamente es grave para la generación actual sino para el futuro, pues ése será el patrimonio «civilizatorio» que leguemos a nuestra descendientes, a las generaciones que nos sucedan.

En las últimas décadas el sistema educativo español interesado sobremanera en la formación científica-tecnica de los ciudadanos ha descuidado la también esencial formación humanística. Por lo que respecta a la consideración de la «cuestión antropológico» (qué somos, cuáles son nuestras verdaderas necesidades, cómo tomar conciencia de ellas, cómo capacitarnos para satisfacerlas adecuadamente y qué perseguir en la vida como humanos…), como consecuencia de la penuria educativa en la formación recibida, pese a la elevación del nivel cultural, en una parte de la ciudadanía habita todavía una conciencia pequeñita, apocada, apenas sin vigor respecto a la «cuestión antropológico», convaleciente de la larga travesía del desierto educativo de tipo antropológico sufrido durante décadas. Y es que un pueblo se puede recuperar mucho antes de sus desastres materiales y superar sus ignorancias cognitivas que de los derrumbes de su espíritu. Y en ese aspecto una mayoría de ciudadanos estamos desarmados, vivimos casi en la intemperie. Actualmente respecto a la «cuestión antropológico», debido al debilitamiento de nuestra formación humanística que se ha ido imponiendo en las últimas década, entre otros desde el mismo ámbito educativo y al clima general reinante donde se ha primado el «tener» sobre el «ser», el grado de desorientación sobre qué somos como humanos y qué es lo realmente importante en la vida es tal que la autenticidad de esa «transmisión» generacional también ha entrado en crisis y se encuentra en estado de desconstrucción, de derribo, de pérdida de aquellos referentes que podrían permitir a los individuos plantearse en cada momento las cuestiones antropológicas clave para la plena realización de su propia proyecto personal. También respecto a esta cuestión estamos atravesando momentos de incertidumbre, de zozobra, de perplejidad,…

Quiénes somos, a dónde vamos, qué perseguimos en la vida? Son cuestiones esenciales, capitales, a discernir por cada individuo y ante las cuales la educación, una auténtica educación, no puede mostrarse indiferente. Sin embargo, apenas o en nada contribuyen la mayoría de los actuales sistemas educativos, enfundados y “distraídos”  en la mediocridad de planteamientos centrados en el aprendizaje y dominio de unas “competencias”, más pensadas para la “conformación” de eficientes productores, de competentes ciudadanos al servició del mercado de trabajo y la productividad que en la toma de conciencia y el «desvelamiento» de nuestras más auténticas necesidades como seres humanos, en la orientación y encauzamiento de tan esenciales referentes personales.

No todo se reduce a la satisfacción de las necesidades básicas y a la búsqueda del bienestar material. Hay cuestiones de principio, de valores, de horizontes vitales que por su trascendencia afectan a la regeneración de la moral de los individuos, que aunque parezcan etéreas, abstractas, repercuten en la recuperación de una moral alta, pues de ellas dependen los más o menos ambiciosas horizontes que cada uno se proponga, la cohesión social del grupo humano, la mayor o menor integración o desafección en relación a un proyecto de convivencia colectivo.

Instalados en el relativismo

La realidad ha confirmado y puesto de manifiesto la profundidad de esa crisis, con sus múltiples rostros, más allá del económico y financiero. A ello se suma, en el caso de España, un proyecto gubernamental fuertemente anclado en el más agresivo relativismo.

No es ninguna novedad que el relativismo representa una posición social y cultural predominante en el mundo contemporáneo. Decir que todas las opiniones valen lo mismo, o que todo depende del punto de vista del observador, se ha convertido en un tópico en nuestras conversaciones, y en un criterio para muchas decisiones y estrategias de la vida social. El relativismo parece sólidamente vinculado a la libertad de expresión, a la tolerancia, y en última instancia al estilo de vida democrático. Las concepciones relativistas al uso apelan al pluralismo, la tolerancia, la libertad, el diálogo. Además, se agrega que el relativismo es el fundamento filosófico de la democracia.

El relativismo contiene sus propias falacias. Muchos son sus acólitos seguidores quienes al modo de los antiguas sofistas nos intentan  convencer con argumentaciones o razonamientos falsos. Uno puede decir que todo es relativo, pero no puede obligar a los otros a creerlo o aceptarlo. Por eso resulta especialmente sugerente la expresión “dictadura del relativismo”. Dicha “dictadura” lleva a algunos a rechazar, en ocasiones con tonos intolerantes, la posición de quienes sostienen valores o principios morales no negociables. Y ello a menudo a través de la manipulación del lenguaje: el trasvase es simplemente aportación puntual de agua, la crisis es desaceleración, el aborto es interrupción voluntaria del embarazo, la eutanasia es muerte digna, etc.

La re-fundación de nuestro patrimonio «moral»

Nuestros actuales dirigentes políticos no solamente se sienten llamados a gestionar y administrar el bienestar general sino, desde el Estado se sienten legitimados para refundar incluso los fundamentos mismos de nuestro patrimonio moral. Nuestros  dirigentes políticos nos tienen embarcados en un proceso de revisión, de relectura de nuestra realidad nacional. Ya no es sólo cuestión de enmascarar la grave y profunda crisis actual, a través de la manipulación del lenguaje y con nuevos eufemismos lingüísticos, sino que desde el poder se pretende reinterpretar y recrear esa realidad (política, económica, sociológica, educativa e incluso personal…). Es un tic congénito que nuestra izquierda ha activado reiteradamente en nuestro país a lo largo de nuestra historia reciente.

En esto consiste precisamente la otra cara del proyecto de-constructor de nuestros actuales gobernantes: quieren trasladarnos e imponer al conjunto de la ciudadanía, concepciones y posicionamientos ideológicos suyos, perfectamente legítimos como particulares, pero no legítimos realizándolo desde el Estado, aprovechando los mecanismos que les otorga el poder, pues aquél debe ser respetuoso y mostrar su neutralidad con la pluralidad y diversidad de posiciones reinantes en el seno de la sociedad, pretendiendo imponer al resto de los ciudadanos cosmovisiones y concepciones particulares sobre la misma realidad humana y antropológica, poniendo en tela de juicio, de modo global y sistemático, el patrimonio «moral» y «ético» heredado de las generaciones que nos han precedido y los fundamentos mismos de ese patrimonio moral.

En nuestros días, por lo que respecta a los fundamentos que rigen nuestra convivencia colectiva, se suele partir de determinados principios y ciertas concepciones antropológicas y éticas particulares que a través de la actividad legislativa y el sistema educativo se pretenden difundir entre la población, y con vocación totalitaria impregnar la mentalidad colectiva e imponer al conjunto de la ciudadanía. Desde el poder se está difundiendo e inoculando en la sociedad española una nueva cultura: la cultura del relativismo. Es la «nueva religión», la nueva religión del Estado, la religión de la actual izquierda española.

Ello es consecuencia del influjo, más o menos velado, de corrientes de pensamiento caracterizadas por el intento de erradicar la libertad humana de su relación esencial y constitutiva con la verdad. Pretenden crear una sociedad que algunos han llegado a definir como “posthumana”, es decir, una sociedad que enmascara y no acepta las leyes de la naturaleza humana, a la que se pretende dominar y alterar moralmente con el pretexto de su supuesta liberación. Y esta losa es tan pesada o más que la económica, pues está fracturando el país. Utilizan los mecanismos del poder para difundir ideas ajenas a los más altos objetivos del espíritu.

Parece como si, como parte del proyecto de ingeniería social en el que están  embarcados nuestros actuales dirigentes políticos, el gobierno socialista quisiera subvertir esa realidad. Nos pretenden imponer a todos por medio de la acción legislativa su propia cosmovisión de la realidad, su particular  concepción del hombre, de la vida y del mundo. Un ejemplo. Si la actual crisis tiene también su manifestación, como con razón se ha dicho, en una crisis de valores, la aberrante transformación de práctica tan inhumana como el aborto en un «derecho» es la evidencia más patente de la profundidad y la gravedad del abismo moral que, de forma indolora, se está instalando entre nosotros. Es el relativismo exaltado hasta el extremo, a costa de normalizar, incluso en el sistema educativo, la violencia sistemática contra el no nacido y el desprecio de la mujer.

La regeneración necesaria

Lo hemos apuntado anteriormente. Más allá del pan y trabajo imprescindibles, se halla también la recuperación del andamiaje «cultural» y «moral» necesarios con el que una sociedad debe rearmarse para hacer frente a los desafíos del «sofismo moderno» y afrontar las situaciones degradadas. Nos hallamos insertos en una sociedad diversa, donde el pluralismo de todo tipo y la diversidad ideológica, en el marco de la legalidad y del respeto a los derechos fundamentales de los otros, son perfectamente respetables y en cierta forma incluso podemos contemplarlo como factor enriquecedor. Necesitamos un rearme «moral» y «ético» para salir y superar tan profundas crisis en las que nos hallamos inmersos. Hoy la ciudadanía. más que adoctrinamiento ideológico y soflamas descafeinadas desde el poder, lo que necesita son fundamentos sólidos, bases firmes sobre las que construir su futuro.

Necesitamos un cambio, una regeneración cívica, cultural, personal, antropológica, un cambio de paradigma “cultural” que nos saque de la actual situación en la que nos encontramos y nos libere de la falsedad y la falacia sistemática en la que se nos pretende envolver. Esos intentos de manipulación los acabamos de ver en recientes episodios de la actualidad nacional (Estatut, enmascaramiento de la situación económica de nuestro país, caso Garzón,…). Si no queremos seguir hundiéndonos más en el hoyo, necesitamos recuperar la honradez, la objetividad, el sentido común, recuperar lo mejor de nosotros mismos, lo que verdaderamente somos como «personas». El proceso de alcanzar una consciencia cada vez mayor no es más que el proceso de despertarse, de abrir los ojos y ver lo que se halla enfrente de nosotros. “Ser consciente” quiere decir suprimir las ilusiones y al mismo tiempo, en la medida en que esto se cumple, constituye un verdadero proceso de liberación personal, liberarnos del sutil pero eficaz proceso de “manipulación” al que estamos sometidos aunque en un momento de aparente “absoluta libertad” parezca paradójico,  tanto respecto a lo que se refiere a la comprensión de los hechos externos como a nuestra propia naturaleza.

Frente al creciente relativismo reinante del que hacen buena gala nuestros actuales dirigentes políticos se impone una reflexión crítica sobre la forma de presentarnos la realidad, tanto la realidad social como la misma realidad humana. En definitiva, frente a quienes pretenden utilizar los resortes del poder como instrumento de transmisión de esa nueva «cultura del relativismo» se impone una reflexión racional sobre la vida y el ser o naturaleza del hombre. Desde esas posiciones se pretende obviar la naturaleza humana, la ley natural inscrita en el corazón de todo ser humano y desgajar, desvincular, el comportamiento individual y colectivo de esa realidad, obviando la verdad que ella encierra, como si tal realidad no existiese…

He aquí pues de forma simple la cuestión central que en el fondo se debate hoy entre nosotros: la cuestión de la Verdad, la auténtica “verdad del ser humano”.

En medio de la perplejidad, desorientación y falta de referentes sólidos ante los que nos encontramos, bueno será preguntarnos de nuevo por aquello que en el fondo resulta verdaderamente esencial más allá de las soflamas de los más modernos sofistas nacionales. La aceptación y vigencia de la ley natural exige en nuestros días el compromiso con la defensa de la verdad del ser humano.

Frente a la actual situación socio-cultural, en nuestros comportamientos individuales y colectivos, ¿podemos remitirnos a unos referentes objetivos fundamentados en la verdad de la realidad, a una ley natural fundada en la propia naturaleza humana, descubrir y prestar oídos a esa ley inscrita en el corazón del ser humano que dirige todo el obrar? ¿Es posible acercarnos a esa verdad? ¿Podemos fundar nuestro obrar en la verdad de la realidad? ¿Es posible formular normas éticas universalmente válidas?

Otras cuestiones a tratar:

EN BUSCA DE LA «VERDAD» DEL SER HUMANO

LA «LEY NATURAL»

ES POSIBLE UNA «ÉTICA UNIVERSAL» COMÚN COMPARTIDA?

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