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Los cristianismos derrotados

Cómo se fue desarrollando la fe cristiana dentro de una notable diversidad y cómo surgió poco a poco un grupo dominante.

El Jesús histórico no pretendió en ningún momento fundar religión nueva alguna. El movimiento cristiano, la teología cristiana, el cristianismo en suma, nace precisamente como interpretación de Jesús, su doctrina y su figura.

El primer «cristianismo» fue muy variado. Hubo diversas interpretaciones de la figura de Jesús de Nazaret. La división fue muy fuerte entre las diversas corrientes., tanto en el terreno de las ideas como en el social. La diversidad de cristianismos continúa con cierta fuerza hasta bien entrado el siglo V.

Multiplicidad de cristianismos: el cristianismo primitivo es no solo historia de hechos, sino ante todo interpretación y reflexión teológica sobre Jesús.

Después de la muerte de Jesús de Nazaret fueron muchos los seguidores de sus enseñanzas que, durante los primeros siglos, desarrollaron diversas formas de entender su mensaje y se agruparon en distintas escuelas, cada una de ellas con modos diferentes de interpretar y practicar el cristianismo. Son evidencia temprana de cómo muchas personas en el movimiento temprano entendieron las enseñanzas de Jesús. Estos grupos, algunos más estructurados y jerarquizados, y otros de organización más anárquica, tuvieron entre sí fuertes enfrentamientos doctrinales y agrias disputas teológicas. De estas pugnas surgió una doctrina y un grupo vencedor que empezó a prevalecer sobre los demás y que, con el paso del tiempo, llegó a convertirse en la dominante y «oficial» hasta el día de hoy: la de la Iglesia católica.

Pero ¿qué pasó con las otras corrientes? ¿Cuáles eran sus creencias? ¿Qué es lo que pensaban los cristianismos derrotados? Marcionitas, gnósticos, arrianos, pelagianos, monofisitas, nestorianos o, en siglos más cercanos, priscilianistas, bogomilos o cátaros, fueron algunos de los más importantes grupos cristianos declarados como heterodoxos y heréticos. Sin embargo, poseían un profundo caudal de pensamiento de gran contenida espiritual y filosófico. En esta obra, un especialista de la talla del profesor Antonio Piñero nos muestra de un modo perfectamente estructurado, con gran sentido didáctico y, sobre todo, con un profundo rigor histórico, quiénes eran estos grupos, cuáles eran sus creencias y de qué modo, de entre todos ellos, un grupo doctrinal prevaleció sobre todos los demás.

Antonio PIÑERO, filólogo, historiador, profesor de la U. Complutense de Madrid,
catedrático emérito de de filología griega, especializado en la investigación del cristianismo primitivo.

Introducción

Estamos acostumbrados a hablar de «cristianismo», en singular, cuando nos referimos a la religión dominante en el hemisferio occidental. Sin embargo, sería mucho más apropiado utilizar este vocablo en plural, «cristianismos», tanto en nuestro tiempo como en la Antigüedad. Según estimaciones competentes, existen en el día de hoy más de quinientas confesiones y denominaciones cristianas, y todas creen ser fieles seguidoras del mensaje de Jesús. No tan numeroso como hoy día, pero sí en mayor proporción de lo que creemos o imaginamos, el «cristianismo» antiguo era también muy variado. Nos cuentan los Hechos de los Apóstoles en su capítulo 6 que nada más iniciarse la andadura de los seguidores de Jesús hubo una notable división en la comunidad cristiana de Jerusalén —la única que había por el momento—, que partió al grupo de creyentes en dos mitades desiguales: los «hebreos», judíos cristianos que habían nacido en Israel y cuya lengua materna era el arameo, y los «helenistas», judíos cristianos, normalmente nacidos fuera de Israel, que se habían trasladado a vivir a Jerusalén, y cuya lengua materna era el griego. La división fue muy fuerte, tanto en el terreno de las ideas como en el social, y tuvo enormes consecuencias para el futuro.

Cuando el cristianismo se asentó suficientemente en el Imperio romano —unos doscientos años después de la muerte de Jesús—, un observador imparcial que se paseara entre los cristianos podría constatar entre ellos una gran unidad, cierto, pero también la existencia de bastantes grupos diferentes al «ortodoxo» o mayoritario. A vista de pájaro serian más o menos los siguientes:

  • Cristianismos que negaban que Jesús fuera Dios: ebionitas, nazarenos.
  • Cristianos que negaban a Pablo de Tarso y su doctrina, al que denominaban falso profeta y traidor a Jesús y a la ley de Moisés: el grupo que está detrás de la literatura pseudoclementina.
  • Cristianismos proféticos en los que la comunidad era regida no por obispos y presbíteros, sino por profetas: montanistas y gnósticos del siglo II.
  • Cristianismos que negaban la validez, la verdad o la inerrancia de las Escrituras sagradas: Marción, pseudoclementinas, ciertos gnósticos testimoniados sobre todo en los textos de Nag Hammadi.
  • Cristianismos que negaban la encarnación verdadera de Jesús: docetas, grupos que están detrás de los Hechos Apócrifos de los Apóstoles.
  • Cristianos que negaban la resurrección futura: grupos que aparecen mencionados en Pablo (1 Corintios) y en las Epístolas Pastorales.
  • Cristianismos que promocionaban la independencia de las mujeres: grupos representados por el Evangelio de María Magdalena o por los Hechos Apócrifos de los Apóstoles.
  • Cristianismos que negaban el cuerpo y el mundo, es decir, que promovían un ascetismo extremo, y que se manifestaban totalmente contrarios a la vida sexual y al matrimonio. Grupos representados por el Evangelio de los Egipcios, la Epístola del Pseudo Tito, los Hechos Apócrifos de los Apóstoles.
  • Cristianismos que promocionaban una vida libre e incluso libertina: gnósticos libertinos criticados por Epifanio (los fibionitas) e Ireneo de Lyon; los carpocracianos mencionados por Clemente de Alejandría.

Esta variedad de cristianismos no significaba aún necesariamente «herejía» en el pleno sentido moderno, pues las líneas de demarcación no estaban en esos momentos nítidamente marcadas. La diversidad de cristianismos continúa con cierta fuerza hasta bien entrado el siglo V, apagándose un tanto en la Edad Media para luego resurgir fuertemente con la Reforma protestante.

El libro que el lector tiene entre manos se centra en esta variedad y está dedicado a presentar la pluralidad de cristianismos, y a explicar brevemente cómo se fue desarrollando la fe cristiana dentro de una notable diversidad. Intentará aclarar cómo surgió poco a poco, aunque con paso firme, un grupo dominante, que acabó siendo tan mayoritario que ahogó prácticamente a los demás. Los restos de otras confesiones cristianas se convirtieron entonces en cristianismos derrotados, la mayoría de las cuales acabó muriendo lentamente, dejando solo una huella en la historia, unas veces de notable entidad, otras casi mínima.

Tras este recorrido, al final del libro, y después de una vista de conjunto —a modo de conclusión— de las tendencias que impulsaron el surgimiento de las opiniones heterodoxas aquí consideradas, encontrará el lector un breve sumario de las posiciones luego declaradas heréticas que jalonaron los siglos II al XII. Deseamos con ello que este libro pueda servir también como una especie de manual de heterodoxias y cristianismos alternativos. Ello permitirá caer de nuevo en la cuenta de cuán variado era el pensamiento religioso cristiano en sus primeros siglos.

Los inicios: 1 El nacimiento del cristianismo

Variedad de concepciones desde los mismos comienzos. Los inicios del grupo cristiano

Este libro parte de una base que intentaremos justificar a lo largo del presente capítulo: entendemos por «cristianismo» únicamente la teología de los seguidores de Jesús, pues asumimos que el cristianismo como tal es solo posterior a la muerte de este. Hacemos nuestro totalmente el famoso dicho del gran investigador del Antiguo y Nuevo Testamento Julius Wellhausen: «Jesús fue un judío, no un cristiano», que expresa de otro modo lo que acabamos de afirmar: que la teología propiamente cristiana solo comienza después de Jesús.

La razón básica para sustentar esta afirmación es sencilla: creemos demostrada por la investigación sobre el Jesús histórico que este no pretendió en ningún momento fundar religión nueva alguna. El movimiento cristiano, la teología cristiana, el cristianismo en suma, nace precisamente como interpretación de Jesús, su doctrina y su figura, no como una «fundación» de este.

Además, el cristianismo primitivo fue tan complejo y variado desde sus inicios —como veremos— que nunca constituyó una realidad estática, sino dinámica. Se formó a la vez que iba él mismo conformando en una síntesis nueva ideas religiosas heredadas de Jesús, del judaismo contemporáneo, las suyas propias y también concepciones interesantes o apropiadas del entorno. Por ello, el movimiento cristiano fue siempre complejo y, en ciertos aspectos, casi contradictorio. No hubo, ni pudo haberlo, un único fundador del cristianismo que lo pusiera en movimiento, sino que durante todo el siglo I, y aun más tarde, fue un proceso en marcha.

Desde esta perspectiva parece que:

  • El cristianismo no tiene un fundador único, sino varios.
  • Parece muy probable, o casi cierto, que Jesús no estuvo propiamente entres sus fundadores, sino que fue en todo caso su primer y genérico impulsor.
  • La multiplicidad de fundadores presupone la variedad de los cristianismos.

  • Este punto de vista intenta poner de manifiesto tres realidades:

  • La primera, que el cristianismo no es la religión de Jesús, sino una reflexión sobre la religión de este, sobre su figura y su misión. Como es sabido, Jesús era el predicador de la inminente venida del Reino de Dios; por el contrario, en el cristianismo, la figura de Jesús —y no el Reino— pasa a ocupar el puesto central. Esta idea se expresa también con una frase célebre: Jesús pasa de proclamar el Reino de Dios a ser objeto de la proclamación cristiana (Rudolf Bultmann).
  • La segunda, que todo proceso de reflexión e interpretación en el que intervienen muchas personas —los diversos seguidores del Maestro galileo— puede ser muy en principio muy variado.
  • Tercera: el cristianismo, tal como aparece en los primeros sesenta o setenta años de su existencia, muestra ser un movimiento religioso cuya teología supone un salto teológico cualitativo sobre el pensamiento de Jesús.

Estas tres ideas llevan consigo el germen de la multiplicidad de cristianismos, pues todas ellas convergen en la perspectiva antes mencionada: el cristianismo es no solo historia de hechos, sino ante todo interpretación y reflexión teológica sobre Jesús.

Para poner de relieve cuán diversas pudieron ser las interpretaciones y «relecturas» que se ofrecieron de la figura histórica de Jesús por parte de sus seguidores, desearía que el lector se detuviera un momento en lo que podemos conocer razonablemente del Jesús histórico y lo compare luego mentalmente con lo que él sabe que es el cristianismo.

De este contraste mental espero que se genere la convicción de cuán distinto es el cristianismo de lo que fue la religión de Jesús y cuán abierto estaba ese proceso de reflexión sobre Jesús a continuar explorando nuevas posibilidades.

La figura y religión del Jesús histórico

Para realizar con mayor facilidad este contraste, resumo a continuación el sentir medio de la investigación de hoy sobre los rasgos generales que definen al Jesús de la historia:

  1. Jesús nació durante el reinado del emperador Augusto, antes por tanto de la era cristiana (hacia el 6 a de C.). Probablemente no en Belén, sino en Nazaret; allí creció y se educó muy intensamente en la fe judía. Perteneció a una familia numerosa y tuvo hermanos y hermanas carnales, sea cual fuere la explicación de este hecho.
  2. Jesús fue profundamente religioso, y su religiosidad fue plenamente judía; fue bautizado por Juan Bautista y se convirtió en su discípulo durante un cierto tiempo; de él tomó los motivos principales de su predicación. La figura y pensamiento de Juan Bautista enmarcan básicamente el pensamiento de Jesús.
  3. La piedad y la religiosidad de Jesús eran totalmente judías: a pesar de las apariencias, y de una interpretación contraria que ha durado siglos, Jesús nunca quebrantó la ley de Moisés, sino que la interpretó a su manera como hicieron muchos otros rabinos de su época. Jesús buscaba solo resaltar lo esencial y más profundo de esa Ley de modo que su vigencia brillara con todo su esplendor y se pudiera poner en práctica con mayor intensidad y pureza.
  4. Reunió un grupo de discípulos cuyo núcleo estuvo compuesto de Doce, que representaban simbólicamente las doce tribus de Israel.
  5. Jesús habló y actuó como si fuera el portavoz de Dios para los momentos finales del mundo. El centro y la razón de ser de su predicación fue el anuncio de la venida inmediata del reino de Dios.
  6. Jesús no era un predicador universalista, sino que ciñó y limitó su predicación a las gentes de Israel, excluyendo prácticamente a los paganos; se dirigió de forma especial a los pecadores en Israel; anunció que el establecimiento de ese Reino tendría lugar en un futuro próximo: el reino no había llegado aún en el presente. Del estudio de la predicación de Jesús se deduce que el carácter de este reino sería complejo: al tener lugar sobre la tierra de Israel no se podría separar bien lo religioso de lo político.
  7. Jesús pudo expresarse en alguna que otra ocasión como si en su propias acciones hubiera ya signos del comienzo del reino de Dios: aun siendo este reino futuro, estaba a punto de irrumpir, lo que se percibía en la derrota de Satán gracias a las acciones de Jesús.
  8. Jesús realizó acciones que tanto él como sus contemporáneos consideraron milagrosas o sorprendentes.
  9. Jesús antepuso los aspectos morales de la Ley judía a los aspectos rituales. En su enseñanza intentó mostrar cuál era la esencia de la Ley. Radicalizó la interpretación de esta, pero permaneciendo siempre en su marco. No abolió el culto judío.
  10. Desde Galilea, Jesús fue a Jerusalén en el último año de su vida, sea para celebrar la Pascua, para predicar la venida del Reino o para esperar allí su instauración por parte de Dios. No se trasladó a la capital del país con la intención de morir como víctima de un sacrificio en pro de la humanidad toda.
  11. Protagonizó un grave incidente en el Templo, y fue arrestado y ejecutado por motivos políticos, de orden público sobre todo, porque su predicación del Reino de Dios parecía muy peligrosa a los ojos de los romanos y de las autoridades judías. Murió en tiempos del emperador Tiberio crucificado por los romanos.
  12. El movimiento de sus seguidores no fue perseguido por las autoridades romanas y continuó después de la muerte de Jesús.

Con este resumen podrá el lector hacer la comparación mental que le pedí anteriormente —puesto que ya conoce cómo es el cristianismo hoy en sus líneas generales de pensamiento— y percibir cuán diversas son las interpretaciones y «relecturas» que se ofrecen de esta figura histórica por parte de sus seguidores. Un solo caso para la reflexión: ¿cómo puede encajar en la figura del Jesús histórico, que acabamos de delinear, las reflexiones sobre él como segunda persona de la Santísima Trinidad de los siglos III, IV y V del cristianismo?

Un par de consideraciones finales: Como Jesús no escribió nada, el recuerdo y la interpretación de sus acciones y de sus palabras fueron confiadas durante años a la tradición oral. Solo este hecho —dadas las limitaciones y condicionantes de esta tradición— explica la posibilidad de que se genere una gran variedad de interpretaciones posteriores.

Lo que tantas veces se afirma de que «Jesús superó el judaismo», que «Jesús quebró los moldes y el espíritu de su antigua religión» o que Jesús «rompió públicamente con la Ley mosaica para así demostrar que traía algo esencialmente nuevo», parece ser radicalmente falso. Parece más razonable postular que Jesús no tuvo nunca el propósito de fundar una religión nueva. Esta vino después de él.

Fuente: Antonio PIÑERO: Ls cristianismos derrotados. ¿Cuál fue el pensamiento de los primeros cristianos heréticos y heterodoxos?


Ver también:

Humus cultural en medio del cual afloró el cristianismo

La Biblia Etíope revela lo que Jesús enseñó a sus Discípulos después de Resucitar

Sección: JESÚS DE NATZARET



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