Despertar o la decisión de ver (la «visión»)
Aunque nos parezca increíble, cada individuo suele habitar en un universo único, en su mundo, en su propio universo (mental). Las personas que conviven con nosotros y las que nos cruzamos a diario por la calle están viviendo, literalmente, en universos diferentes. El mundo de las cosas, de la energía y de la materia no es realmente el mundo en que vivimos. El nuestro es un mundo de sentimientos e ideas, de atracciones y repulsiones, de escalas, de motivos e incentivos; todo ello es un mundo mental.
La filosofía perenne ha insistido que la mayoría de los seres humanos, aunque creen estar despiertos y ser habitantes del único mundo, en realidad están soñando, habitando en sus respectivos mundos subjetivos y particulares. En la medida en que nuestra mirada sobre la realidad se vaya tornando más objetiva, menos condicionada por nuestras opiniones, creencias, prejuicios, etc. seremos, cada vez más, habitante de la realidad única, del mundo de los «despiertos».
¿Estamos forzados a morar exclusivamente en nuestro pequeño universo privado? ¿O, por el contrario, es posible tener una experiencia no condicionada del mundo, una experiencia directa, no teñida por nuestros filtros subjetivos, de la realidad?
En este punto, la sabiduría y la filosofía postmoderna se separan. Así, esta última nos contestaría que no, que ésa es una pretensión insostenible. La sabiduría nos contestaría, en cambio, que sí, que es posible alcanzar una experiencia y una visión no condicionadas de la realidad.
Para la sabiduría, si bien creemos conocer y habitar el «único» mundo, habitualmente, en la medida en que nos vivenciamos desde nuestro yo superficial, residimos en una jaula de subjetividad que nos exilia de la realidad. Ahora bien, la sabiduría afirma también que podemos abandonar esta prisión. Podemos hacerlo en la misma medida en que podemos descubrir y experimentar que nuestra identidad básica es más originaria que el yo superficial, e incluso que nuestra estructura psicofísica; más originaria. Hay una forma de conocimiento, afirma la sabiduría, superior al pensamiento ordinario. Hay una mirada que no es la del yo superficial, ni la que proporciona el pensamiento conceptual. A esta forma originaria y más elevada de percepción la denominaremos «la visión».Esta visión interior no es algo particularmente oscuro o misterioso. Estamos en contacto con ella de continuo. Esta toma de conciencia tiene lugar en una dimensión diferente a aquella en la que se desenvuelve el conocimiento ordinario.
Una cosa es «pensar», y otra, «ver»
La sabiduría nos enseña que «pensar es crear», que lo que pensamos íntimamente llega a ser realidad para nosotros, pues nuestras creencias configuran el mundo en que vivimos. Pero nos enseña también que una cosa es pensar, y otra, ver. La visión es el discernimiento directo, instantáneo, de los hechos, de lo que es. No pertenece a la esfera del pensamiento, de los conceptos y del análisis. Pensar es interpretar y proyectar. Ver equivale a «dejar en suspenso» los pensamientos para poder mirar desde «más allá» de ellos.
Lo que cada hombre piensa —interpreta o cree— llega a ser «verdad» para él. Ver es reconocer que esto es así, dejando por un momentó en paréntesis toda interpretación. Esto último no equivale a un estado de estupidez o de mutismo, como podría parecer; es, por el contrario, el umbral mismo de la sabiduría.
La interpretación de los hechos nos impide ver [...]. Estamos siempre interpretando «lo que es», dándole significados diferentes de acuerdo con nuestros prejuicios, condicionamientos, temores, esperanzas y demás. (Krishnamurti)
En resumen: el hombre «construye» el mundo en el que habita; el pensamiento postmoderno ha llegado a la conclusión de que es imposible tener una experiencia de la realidad. La filosofía sapiencial, en cambio, aunque sostiene que habitualmente soñamos, afirma que es posible «despertar» a la realidad.
La visión de la que hablamos se trata de una experiencia directa in-apresable por la razón y no utilizable por los que interpretan el conocimiento como un instrumento de control y una búsqueda psicológica de seguridad. Esta visión superior exige que aquello que creemos conocer se mantenga en suspenso, que la razón admita su ignorancia, abandonando sus falsas seguridades y sus mapas. Este conocimiento superior, lejos de ser dogmático, es el mejor antídoto frente a toda forma de dogmatismo.
Sólo cuando la mente está libre de la idea puede haber una experiencia directa. Las ideas no son la verdad; y la verdad es algo que debe ser experimentado directamente, de instante en instante. Sólo cuando el pensamiento está absolutamente silencioso, hay un estado en que se experimenta de manera directa. En ese estado sabrá uno qué es la verdad. (Krishnamurti)
«Despertar» o la decisión de «ver»
A diferencia de la filosofía ingenua, la filosofía perenne sostiene que el «sentido común» es poco fiable en lo relativo a las cuestiones más significativas y profundas, porque el hombre suele estar dormido. La sabiduría nos enseña que, en principio, estamos dormidos a la realidad, habitando en nuestros mundos-sueños: mundos cerrados, estrictamente individuales, que, como los sueños, tienen la cualidad de ser particulares e incompartibles. Para habitar en el mundo único es, por lo tanto, preciso despertar.
Sólo con un gran despertar se puede comprender el gran sueño en que vivimos. Los estúpidos se creen muy despiertos. (Chuang Tzu)
Según la sabiduría, son dos los pasos que nos predisponen a este despertar: El primero consiste en el reconocimiento de que ordinariamente no vemos, de que es preciso aprender a ver. El segundo paso consiste en tener la firme decisión de ver. Porque habitualmente no queremos ver. (¿Cómo vamos a querer ver, si ello supone cuestionar las creencias que cimientan nuestro yo superficial?)
La «mala fe». Denominaremos mala fe a este «no querer ver», a nuestra habitual falta de interés en la visión; en otras palabras, a nuestra voluntad inconsciente de no permitir que nada cuestione nuestras creencias, de no cambiar, de «tener razón», que nos lleva a cerrar los ojos a la verdad. Nuestro pensamiento tiende a proyectar un mundo a su medida. Este mecanismo es tan inconsciente y automático que, de hecho, sin un compromiso firme, consciente y sincero por superarlo, por lograr la visión, habitualmente se impondrá.
Pongamos algunos ejemplos de «mala fe»: es frecuente que, quien durante años ha defendido unas ideas políticas, no esté dispuesto a cuestionarlas, pues cree que hacerlo equivaldría a cuestionarse a sí mismo. Se convertirá, por lo tanto, en un defensor ciego de dichas ideas, aunque en su realidad concreta y presente poco quede en ellas de lo que fue su espíritu original; sencillamente, no querrá ver la evidencia de que esto es así. El filósofo Jean Paul Sartre acuñó este término para aludir al auto-engaño, al modo en que eludimos nuestra propia responsabilidad. Alguien, por ejemplo, que se siente seguro en el seno de una religión particular, y está más interesado en dicha seguridad que en la verdad, justificará ante los demás y ante sí mismo las contradicciones o defectos más patentes de la institución religiosa a la que pertenece.
Lo común a estos ejemplos de «mala fe» es que no nos sentimos activamente responsables de nuestro modo de ser, pensar y sentir, sino que, en virtud del mecanismo de proyección, ponemos en el «mundo» externo la causa exclusiva de nuestras emociones y conductas con la finalidad inconsciente de no modificarlas ni cuestionarlas. Pocas veces estamos dispuestos a admitir que el mundo tal y como lo percibimos responde, en buena medida, a la sintonía que emitimos; que, a modo de bumerán, recogemos lo que hemos previamente proyectado en él.
Por qué no queremos «ver». Como hemos apuntado, lo que alimenta nuestra «mala fe» es el instinto de supervivencia del yo superficial. La estructura del ego, sustentada en la identificación con un sistema de creencias, tiende a su auto-conservación, pues el hombre enajenado de su Identidad real ha cimentado en dichas ideas su sentido de ser y experimenta el derrumbe de las mismas, literalmente, como la quiebra de sí mismo. La tendencia de esa estructura a mantener su status quo es tenaz. Se trata de una inercia relacionada con el principio de autorregulación propio de todo sistema o estructura compleja. Pensemos en lo difícil que nos resulta cambiar. Aunque nos parezca increíble, no cambiamos, entre otras cosas, porque en el fondo sentimos que en cada cambio profundo peligra nuestra identidad. Incluso cuando decimos sufrir y afirmamos que deseamos superar ese dolor por encima de todo, en la práctica nos aferramos a él y tememos dejarlo marchar. Quien sufre no siempre quiere abandonar su sufrimiento, aunque no lo admita de modo consciente, porque su carácter de víctima ha definido durante mucho tiempo su identidad — su sentido básico de ser — y sin él se sentiría vacío y perdido.
La iniciación en la filosofía esencial
La filosofía perenne ha afirmado siempre que la iniciación en la filosofía esencial requiere un reconocimiento explícito de que habitualmente «dormimos», así como tener la firme voluntad de «ver». Pues si no hay un compromiso consciente con la visión, se seguirá «poniendo» en el mundo, a través de sus interpretaciones personales, aquello que mejor refuerce y alimente su seudoidentidad.
El filósofo esencial es aquel que ha decidido ver, y muchos de nosotros no estamos dispuestos a asumir las consecuencias de esta decisión. Ello exige tener la constante voluntad de abrir los ojos. Lo cual equivale a estar dispuestos a ser radicalmente transformados, pues la visión conlleva un radical cuestionamiento de nuestro yo superficial, así como del sistema de creencias en el que éste encuentra su sustento.
No hay conocimiento de la realidad que no pase por el conocimiento de uno mismo. El conocimiento de sí mismo es, en último término el conocimiento de la Base de todo lo que es. Pero es también, un conocimiento de nuestros modos particulares de ser, de la estructura de nuestro comportamiento y de nuestras creencias; pues sólo este conocimiento nos permite ir más allá de dicha estructura, para ser uno con esa Base que es nuestra realidad íntima, para alcanzar así una visión directa, limpia y veraz, no condicionada por nuestra particularidad.
Fuente: M. CAVALLÉ; La sabiduría recobrada/Filosofía para durmientes. Filosofía para el despertar/ La visión (resumen)
Ver también:
Nuestro particular mundo (mental)
Secció: CONEIXENT LA REALITAT
Per a «construir» junts...
«És detestable aquest afany que tenen els qui, sabent alguna cosa, no procuren compartir aquests coneixements».
(Miguel d'Unamuno, escriptor i filosof espanyol)
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