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La gran cadena del ser: de bestias a dioses

Ese es tu horizonte y tu camino...

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  • Somos seres en evolución, llamados a crecer, desplegarnos, progresar humanamente, evolucionar, en camino hacia la plenitud...
  • Nos hallamos en proceso de expansión de la conciencia: ¿De dónde venimos, en qué punto nos hallamos y hacia dónde nos dirigimos...?
  • También la «conciencia humana» individual y colectiva tiene un camino a recorrer, un trecho a transitar, un horizonte hacia la madurez...

Algunas preguntas que a veces las personas nos hacemos: ¿Cuál es el sentido de la existencia humana? ¿Cuál es el propósito y significado último de nuestra existencia? ¿Cuál es el propósito de la vida del ser humano, si todos vamos a morir algún día? ¿Nacemos con un propósito o nosotros le damos un propósito a nuestra vida? ¿Cuál es el propósito de la existencia humana en el universo? ¿Hay algún propósito absoluto?... El texto que presentamos puede ayudarnos a encontrar alguna respuesta a la cuestión...

Superando la mera concepción «materialista» de la Realidad y situándonos en una perspectiva «postmaterialista» (ver aquí), somos seres en evolución, llamados a crecer, a desarrollarnos, a desplegarnos, a evolucionar, en camino hacia la plenitud... Hemos visto ya (ver aquí) como somos seres llamados a evolucionar, diseñados para expandir, mejorar, perfeccionar nuestra «conciencia», nuestra «alma». Es nuestra «alma» la que sobretodo necesita evolucionar, liberarse de los dictados del «ego» para permitir aflorar la virtud de la «supraconciencia». La evolución –que comenzó en el Big Bang– ha desplegado unas tres quintas partes de la Gran Cadena, desde la materia insensible hasta los cuerpos vivos y la mente conceptual (o desde la fisiosfera hasta la biosfera y, desde ésta, hasta la noosfera). Bastaría simplemente con comprender que la Gran Cadena no es algo estático e inmutable que nos venga dado de una vez por todas, sino que evoluciona y se desarrolla a lo largo de grandes períodos de tiempo y que cada uno de los niveles superiores no es tanto la consecuencia de los inferiores sino que emerge a través de ellos. Hacia dónde vamos: ¿no es probable –si la evolución ha desplegado ya las primeras tres quintas partes de la Gran Cadena– que siga su camino desplegando las dos quintas superiores? En tal caso, el Jardín del Edén no descansará en el pasado sino en el futuro, y Dios no estará detrás sino delante (Ken WILBER).

También la «conciencia» humana, se encuentra en permanente evolución. Nuestra dimensión esencial, la «conciencia», no es un aditamento contitutivo permanente e inmutable: la antropología cultural testifica que se ha desarrollado de forma gradual en el transcurso de los milenios. La conciencia evoluciona. La Gran cadena del ser distingue distintos niveles de existencia. Presenta al ser y a la conciencia como una jerarquía que se mueve desde las esferas más bajas y densas, hasta las más sutiles y unitarias presentes en la gran cadena del ser. Los diferentes niveles de la conciencia humana recorren su progresiva evolución desde el nivel más bajo hasta el más alto (desde la fase de barbarie hasta la fase de civilización actual). Todavía no hemos llegado a ser dioses (aunque algunos parece que estén en camino de ello), somos aún mitad bestias y mitad dioses. Aunque desde el promontorio conquistado por el engreido homo sapiens, los partidarios de cierto transhumanismo ¿no estarán diseñando ya el siguiente paso en la evolución hacia el homo Deus? Pero no queramos correr tanto... el proceso evolutivo que nos dibuja Ken Wilber nos conduce desde la conciencia física, perteneciente a la materia-energía no viva, pasando por la conciencia biológica asociada a los animales y la conciencia mental característica de los humanos hasta el nivel más sutil que es arquetípico, transindividual e intuitivo. En la actualidad la evolución de la conciencia transita des una conciencia que es materialista, consumista, preocupada por el éxito, la imagen y el estatus, es decir, orientada al crecimiento básicamente materialista, hasta la etapa consensual del igualitarismo y la orientación hacia los sentimientos, la autenticidad, la solidaridad, la generosidad, dentro de la comunidad, yendo hacia la etapa ecológica centrada en la naturaleza, el cooperativismo, las realidades múltiples y el conocimiento.

Ken Wilber (1949) es un escritor estadounidense cuyos intereses versan principalmente sobre filosofía, psicología, religiones comparadas, historia, ecología y misticismo; representa un hito muy importante en el mundo del pensmiento, porque nos ha proporcionado un marco de referencia en el que encuadrar el largo camino del desarrollo psicológico y espiritual que lleva desde el bebé hasta el iluminado. Su conocimiento es enciclopédico y mucho más poderosa es todavía su capacidad de síntesis que le ha llevado a formular un modelo que engloba el mayor número de verdades posibles procedentes de fuentes tanto premodernas como modernas y postmodernas y esbozar un marco de referencia que tiende puentes y contribuye a integrar disciplinas tan dispares como la psicoterapia y la meditación, la ciencia y la religión y Oriente y Occidente.

Si bien el hombre y la mujer descienden de las bestias, es muy probable que acaben siendo dioses.

Los seres humanos son mitad bestias y mitad dioses... Se hallan en camino hacia su divinidad...

El Espíritu es la cúspide, el peldaño superior de la escalera de la evolución.

El Espíritu es la substancia de la que está hecha la escalera y cada uno de sus peldaños. Es la esencia de todas y cada una de las cosas que existen.

El desarrollo humano

Un Universo de energía

«La Humanidad –dice Plotino– se halla a mitad de camino entre los dioses y las bestias.» Vamos a rastrear la prehistoria y la historia que han conducido al ser humano hasta tan delicada situación. Comenzaremos nuestra investigación en el momento en que el ser humano –o las primeras criaturas humanoides– apareció sobre la faz de la Tierra, hace ya varios millones de años, en una época legendaria conocida como lejano Edén o paraíso prehistórico y, a partir de ahí, proseguiremos a lo largo de la historia hasta llegar al momento presente con la intención de entrever el futuro y tratar de esbozar nuestra posible evolución. Porque si bien el hombre y la mujer descienden de las bestias, es muy probable que acaben siendo dioses. A fin de cuentas, la distancia que existe entre el hombre y los dioses no es mucho mayor que la que hay entre el hombre y las bestias. Como bien sabían Aurobindo y Teilhard de Chardin, el futuro de la humanidad es la conciencia de Dios. Pero si bien el hombre y la mujer proceden de las bestias y se hallan en el camino hacia su divinidad, son, entretanto, figuras más bien trágicas. Ubicados a mitad de camino entre esos dos extremos se encuentran expuestos al más violento de los conflictos: han dejado de ser bestias, pero todavía no han llegado a ser dioses o, peor aún, son mitad bestias y mitad dioses. Ésta es la esencia de la humanidad.

Hablamos demasiado de nuestro origen simiesco y creemos que cada nuevo paso evolutivo constituye un gran salto hacia adelante, el cual nos abre al desarrollo de nuevas potencialidades, nuevas aptitudes y nuevas capacidades. Y, de algún modo, esto es cierto. Pero también es igualmente cierto que cada nuevo paso evolutivo hacia adelante conlleva nuevas responsabilidades, nuevos terrores, nuevas ansiedades y nuevos sentimientos de culpa. Los animales son mortales pero lo ignoran y no lo comprenden; los dioses, por su parte, son inmortales y lo saben; pero el pobre ser humano, por encima de las bestias pero lejos todavía de ser un dios, es una desafortunada combinación: es mortal y lo sabe. De este modo, cuanto más evoluciona más consciente se torna de sí mismo y de su mundo, más se desarrolla su conciencia y su inteligencia y se da más cuenta de su destino, de su mortal destino. Éste es, en suma, el precio que hay que pagar por cada paso hacia adelante en el proceso de expansión de la conciencia. Cada nuevo paso en este proceso de expansión cuesta un precio.

En ocasiones, se subraya excesivamente el crecimiento y se contempla la historia de la humanidad como el mero resultado de un desarrollo continuado en la misma dirección, ignorando que la evolución no constituye la simple sumatoria de una serie de avances tranquilos y afortunados, sino un doloroso proceso de crecimiento. En otros casos, ante el sufrimiento y el dolor que aflige a la humanidad, suele asumirse con nostalgia el pasado, aquel inocente paraíso perdido anterior a la autoconciencia en el que el ser humano dormitaba junto a las bestias en bendita ignorancia. Desde este punto de vista, cada nuevo paso evolutivo de la humanidad constituye una especie de crimen, y la guerra, el hambre, la explotación, la esclavitud, la opresión, la culpa y la pobreza son considerados como los frutos de la civilización, de la cultura y de la creciente “evolución” del ser humano. Cada paso hacia adelante en el proceso evolutivo constituyó un avance, un crecimiento por el que el ser humano tuvo que pagar un elevado precio; y también cada nuevo paso conllevó nuevas responsabilidades que la humanidad no siempre pudo asumir y cuyas trágicas consecuencias trataremos de describir.

Después del Edén

¿Quién soy yo?

Cuando alguien nos pregunta: «¿quién eres?» En cierto sentido, estamos describiendo nuestro ser, como hemos llegado a conocerlo, incluyendo en nuestra descripción la mayoría de los hechos importantes, buenos y malos, dignos e indignos, científicos y poéticos, filosóficos y religiosos, que tenemos por fundamentales en lo que se refiere a nuestra identidad… Sin embargo, hay un proceso aún más básico que subyace en todo el procedimiento para establecer una identidad.

Cuando uno responde a la pregunta «¿Quién soy?», sucede algo muy simple. Cuando describe o explica quién «es», incluso cuando se limita a percibirlo interiormente, lo que en realidad está haciendo, a sabiendas o no, es trazar una línea o límite mental que atraviesa en su totalidad el campo de la experiencia, y a todo lo que queda dentro de ese límite, lo percibe como «yo mismo», o lo llama así, mientras siente que todo lo que está fuera del límite queda excluido del «yo mismo». En otras palabras, nuestra identidad depende totalmente del lugar por donde tracemos la línea limítrofe…

La conciencia sin fronteras

La filosofía perenne

La filosofía perenne es la visión del mundo compartida por los principales maestros espirituales, filósofos, pensadores y hasta científicos del mundo entero. Se la denomina «perenne» o «universal» porque se halla implícita en todas las culturas y en todas las épocas y lo mismo la encontramos en la India, México, China, Japón y Mesopotamia, que en Egipto, Tibet, Alemania o Grecia.

Dondequiera que la hallemos, siempre presenta los mismos rasgos distintivos fundamentales, ya que es un acuerdo universal en lo esencial. Como bien resumió Alan Watts: «Apenas somos conscientes de la extraordinaria singularidad de nuestra postura y nos resulta muy difícil de admitir la existencia de un consenso filosófico único de amplitud universal, sostenido por muchos hombres y mujeres que, tanto hoy como hace seis mil años, comparten las mismas experiencias y han enseñado esencialmente la misma doctrina, desde Nuevo México en el Lejano Oeste hasta Japón en el Lejano Oriente».

Considero que estas verdades de la naturaleza universal constituyen el legado de la experiencia universal del conjunto de la humanidad que, en todo tiempo y lugar, coinciden en las mismas verdades profundas con respecto a la condición humana y al modo de acceder a lo Divino… ¿Cuáles son esas verdades profundas?, ¿cuáles los acuerdos fundamentales? Veamos las siete que considero más importantes:

  1. El Espíritu existe.
  2. El Espíritu está dentro de nosotros.
  3. A pesar de ello, la mayoría de los seres humanos vivimos tan inmersos en un mundo de separación y dualidad que no nos percatamos de ese Espíritu interno.
  4. Existe un camino para salir de este estado de caída o de ilusión, un Camino que conduce a la liberación.
  5. Si seguimos ese Camino hasta el final, llegaremos a un Renacimiento, a una experiencia directa del Espíritu interno, a una Liberación Suprema.
  6. Esa experiencia pone fin a nuestro estado de sufrimiento.
  7. El final del sufrimiento desemboca en la acción social amorosa y compasiva hacia todos los seres.

Gracia y coraje

La gran cadena del ser

la realidad no es unidimensional... se halla estructurada en dimensiones diferentes pero continuas. La realidad manifiesta está compuesta de niveles o grados diferentes: materia, cuerpo, mente, alma y Espíritu.

Una de las nociones fundamentales de la filosofía perenne es la de la Gran Cadena del Ser. La idea, en sí misma, es bastante sencilla. Desde el punto de vista de la filosofía perenne, la realidad no es unidimensional, no es una substancia chata y uniforme que se extienda de un modo monótono ante nuestros ojos sino que, por el contrario, se halla estructurada en dimensiones diferentes pero continuas. La realidad manifiesta, dicho de otro modo, está compuesta de niveles o grados diferentes, desde los más bajos, densos e inconscientes hasta los más elevados, sutiles y conscientes. En uno de los extremos de este continuo del ser –o espectro de conciencia–, se halla lo que Occidente denomina «la materia», lo insensible o lo inconsciente y, en el otro, «el Espíritu», «la Divinidad» o lo «Supraconsciente» (el Fundamento que impregna toda la Realidad, la totalidad del proceso). Entre esos dos extremos, se extienden las otras dimensiones del ser, dispuestas en distintos grados de realidad. Algunas de las descripciones de la Gran Cadena nos hablan de tres grandes niveles (materia, mente y Espíritu); otras, de cinco (materia, cuerpo, mente, alma y Espíritu). Por el momento, bastará con una disposición jerárquica simple que abarque la materia, el cuerpo, la mente, el alma y el Espíritu.

La afirmación fundamental de la filosofía perenne es que los hombres y las mujeres pueden crecer y desarrollarse (o evolucionar) a través de toda la jerarquía hasta llegar al Espíritu, donde tiene lugar la realización de la «identidad suprema» con la Divinidad, el ens perfectissimus a la que aspira todo crecimiento y evolución.

La Gran Cadena constituye,  en realidad,  una  «jerarquía», una jerarquía no es más que una disposición escalonada de órdenes o eventos que poseen una capacidad holística diferente. En toda secuencia evolutiva, la totalidad de un determinado nivel se convierte en una mera parte de la totalidad correspondiente al siguiente nivel. Una letra, por ejemplo, forma parte de una palabra que, a su vez, forma parte de una frase que, a su vez, forma parte de un párrafo, etcétera. Arthur Koestler acuñó el término holón para referirse a lo que, siendo totalidad de un determinado estadio, constituye una parte de otro estadio superior. La totalidad (o el contexto) puede determinar el significado y la función de una parte. La totalidad, dicho en otras palabras, es superior a la suma de sus partes y puede influir hasta el punto de llegar, en ocasiones, a determinar las funciones de sus partes. Cada escalón superior de la Gran Cadena del Ser supone así un aumento en la unidad y una identidad más amplia (en un amplio abanico que se extiende desde la identidad aislada del cuerpo hasta la identidad social y colectiva de la mente y, finalmente, la identidad suprema del Espíritu.

El ojo del Espíritu

Las grandes tradiciones de sabiduría del mundo son, esencialmente, versiones diferentes de la filosofía perenne, de la Gran Holoarquía del Ser. Las grandes religiones constituyen: «una jerarquía de ser y sabiduría». La idea esencial que impregna todas las filosofías de Oriente –desde la India hasta Tibet y China, la idea que subyace detrás del sintoísmo y el taoísmo–, es «una jerarquía de tierra, ser humano y cielo», que equipara también a «cuerpo, mente y Espíritu». Las grandes religiones del mundo, sin excepción alguna, «representan, en sus diferentes grados, una jerarquía de tipos o niveles de conciencia que van desde el animal a la deidad». Las tradiciones de sabiduría suscriben la noción de que la realidad se manifiesta en niveles o dimensiones y que cada dimensión superior es más inclusiva y, en consecuencia, está más «próxima» a la Divinidad, es decir, al Espíritu. En este sentido, el Espíritu es la cúspide, el peldaño superior de la escalera de la evolución, pero también –y al mismo tiempo– la substancia de la que está hecha la escalera y cada uno de sus peldaños. El Espíritu es la «talidad», la «esidad», la esencia de todas y cada una de las cosas que existen.

El Espíritu es, al mismo tiempo, la meta superior de todo desarrollo y evolución y el fundamento de todo el proceso.

El primer aspecto -peldaño superior- constituye la naturaleza trascendente del Espíritu, que trasciende, que trasciende con mucho, a toda cosa o criatura «mundana» o finita. Aunque la Tierra (o incluso el universo) se desvaneciese, el Espíritu, no obstante, permanecería. El segundo aspecto –el aspecto substancial– se refiere a la naturaleza inmanente del Espíritu, que se halla igual y plenamente presente, sin parcialidad alguna, en todas las cosas y todos los eventos, desde la naturaleza hasta la cultura y desde los cielos hasta la Tierra. Desde esta perspectiva, ningún fenómeno, sea el que fuere, se halla más cerca del Espíritu que otro, porque todos están igualmente «compuestos» de Espíritu. Así pues, el Espíritu es, al mismo tiempo, la meta superior de todo desarrollo y evolución y el fundamento de todo el proceso y se halla plenamente presente tanto al comienzo como al final de toda la secuencia o, dicho de otro modo, el Espíritu es anterior a este mundo, pero no es ajeno a él.

El fracaso al tener en cuenta ambos aspectos del Espíritu ha abocado  históricamente  a visiones muy fragmentarias (y políticamente peligrosas). Porque las religiones patriarcales han tendido a subrayar en exceso la naturaleza trascendente del Espíritu y a condenar, de ese modo, a la Tierra, la naturaleza, el cuerpo y la mujer a un estado inferior. Con anterioridad a eso, sin embargo, las religiones matriarcales tendieron a enfatizar exageradamente la naturaleza inmanente del Espíritu, dando así origen a una visión panteísta del mundo que equiparaba a la Tierra (creada y finita) con el Espíritu (infinito y no creado). Por este motivo, las visiones unilaterales del Espíritu –tanto las sustentadas por las religiones patriarcales como por las religiones matriarcales– han abocado a desastres históricos semejantes, desde el brutal sacrificio humano a gran escala para propiciar la fertilidad de la Diosa Tierra hasta la guerra santa en nombre del Dios Padre. Pero, la filosofía perenne ha evitado siempre caer en la dualidad –Cielo o Tierra, masculino o femenino, infinito o finito, ascético o exuberante– y se ha centrado, en su lugar, en su unión o integración («adualismo»). Esta unión entre el Cielo y la Tierra, entre lo masculino y lo femenino, entre lo infinito y lo finito, entre el ascenso y el descenso y entre la sabiduría y la compasión. Y es precisamente a ese núcleo no dual de las tradiciones de sabiduría al que se aplica el término «filosofía perenne».

La paradoja es la forma en que lo no-dual se manifiesta en el nivel mental.  Cuando  el Espíritu trascendente se manifiesta, lo hace en estadios o niveles. La Realidad se manifiesta en estadios, estratos, dimensiones, fundas, niveles o grados. Son los niveles del mundo manifiesto, los niveles de maya. Cuando no reconocemos a maya como el despliegue lúdico de lo Divino, no existe más que ilusión. Hay niveles de ilusión, no niveles de realidad. Pero según afirman las mismas tradiciones, sólo a través de la comprensión de la naturaleza jerárquica del samsara podremos llegar a desembarazarnos de ella. En segundo lugar, en la Gran Cadena hay un ordenamiento de nidos o círculos concéntricos en el que cada nivel superior trasciende, al tiempo que incluye, a sus predecesores. Un ordenamiento en el que cada nivel superior es más inclusivo y más abarcador, en el que cada nivel superior engloba más al mundo y a sus habitantes, de modo que los dominios espirituales o superiores del espectro de la conciencia son omniinclusivos y omniabarcadores.

El ojo del Espíritu

Fuente: Ken WILBER: Antología de textos escogidos


Vder también:

Las visiones del mundo

Secció: LA CONCIÈNCIA


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